El poder del maquillaje en mi vida

Mi relación con el maquillaje empezó cuando tenía 16 años. Confieso que mi primer maquillaje se lo robé a mi abuela. Claro que eso estuvo mal, pero lo peor fue que lucía como Gasparín porque ella es muy blanca y el tono no era para mí. Era solo un principiante.

Después mi mamá me compró mi primer maquillaje. Ella siempre ha sido abierta con que me pinte las uñas y use maquillaje. No recuerdo cuál era exactamente, solo sé que era de Maybelline y era base en polvo. En ese entonces no sabía la diferencia entre base, polvo compacto, polvo traslúcido y más. Ahora conozco más, pero tampoco soy una Beatriz Cisneros y jamás lo seré.

Empecé a usarlo porque estaba harto de ver al espejo mi acné. Los granos y las rojeces me hacían sentir inseguro, me daba pena que alguien me mirara fijamente. Ya que ningún tratamiento dermatológico me funcionaba, como buen adolescente sentía que mi vida estaba acabada y que nunca se me iba a quitar.

Por supuesto que los primeros meses o incluso los primeros años lo hacía mal. No escogía el tono adecuado ni sabía qué base usar para mi tipo de piel. Con el tiempo mejoré un poco. Di el paso de solo usar base en polvo a base líquida y sellarla con polvo. En un momento me harté de nunca encontrar mi tono ideal, así que hice algo que hasta la fecha lo mantengo: comprar dos bases, una muy oscura y otra muy clara, para obtener el color exacto de mi piel o al menos uno más decente.

Hasta que entré a la universidad, nunca sentí necesidad de probar algo más. No recuerdo en qué semestre, pero decidí usar una crema para pintar las cejas, que difuminaba con los dedos y luego con una clase de cotonete con extremos de esponja. Cuando lo hice por primera vez, descubrí lo mucho que me gustaban mis cejas. No son escasas, pero definitivamente no tienen el impacto visual cuando están naturales que al estar remarcadas.

Poco después de empezar con La vida fashionista, pensaba que a veces mi maquillaje en persona lucía cargado, pero en fotos no se notaba tanto, solo se maximizaban mis rasgos. En fotografías mi piel lucía más tersa y pareja, mis cejas daban potencia a mi mirada. No era la cámara, era la base, el polvo y la pomada para las cejas. Cuando me retrataba con mi rostro limpio, mis ojos lucían más chicos y cansados, y mi acné, ya no tan intenso pero todavía notorio, me hacía sentir incómodo nuevamente.

A mi parecer, mi maquillaje siempre ha sido muy notorio; sin embargo, muchas personas, incluidas una que otra chica semi experta en maquillaje, me decían que no lo percibían. Eso me hacía sentir dichoso porque yo buscaba verme bien y que la gente creyera que mi rostro era como el de ellos: terso, parejo y saludable. Porque desde mi perspectiva, (casi) todos tenían una piel maravillosa, menos yo.

Un año y medio después de entrar a la carrera, a la par del nacimiento del blog, empecé a pintarme las uñas. Desde pequeño me encantaba ver a las chicas con colores brillantes, me fascinaba cómo resaltaban con el tono de su piel y sobre todo cómo ayudaba a darle más vida a sus atuendos. Antes de empezar a llevarlas así a diario, solo dos veces me las pintaron mis amigas. Tenía miedo de hacerlo y pensar en toda la gente que se sacaría de onda, se burlaría y me criticaría.

Con todo el miedo que me provocaba pintarlas, no desistí de hacerlo, ya que mis deseos de tener un accesorio más (así es como las veo) me permitiría diversificar mi estilo. Los malos momentos que la gente estúpida me hizo pasar con sus burlas, no tuvieron más peso que los halagos de mis conocidas, y aun más importante, que la felicidad que sentía cada vez que miraba mis dedos coloridos.

Un día una amiga de la universidad me puso rímel durante las horas libres. Dejé que lo hiciera, pero cuando terminó y teníamos que ir a nuestra próxima clase, sentí desconfianza de dejarme los ojos así porque pensé que los demás me verían raro. Mi lógica es muy rara, tanto que no sé si pueda llamarle así precisamente.

La realidad fue que al verme en el espejo, quedé enamorado de cómo mis ojos lucían más grandes. Después de esa revelación, poco me importó lo que dijera cualquier extraño. Tardé uno o dos años en empezar a usarlo a diario. En parte por decidia, en parte porque temía que con mi pulso de maraquero no pudiera hacerlo bien.

No recuerdo cuál fue el primero que usé, pero sí cuál ha sido mi favorito. Era uno de Yves Saint Laurent que lo conocí al venir de regalo con la suscripción de la revista Vogue. Su empaque dorado me cautivó, pero su cepillo delgado y la fórmula hacían que mis pestañas quedaran separadas y mucho más largas. Desde siempre me ha desagradado ver a las chicas con las pestañas pegadas y grumosas. No me parece atractivo.

Ahora que he visto muchos videos de YouTube sobre belleza, necesito comprar más maquillaje. Quiero aprender a hacer el contorneado, quiero comprar iluminador y probarlo, quiero un labial mate de color discreto. Pienso en si eso no sería demasiado y quizá sí por la cantidad que habría en mi piel, pero no por ser hombre. Yo no creo que nosotros no debamos usar maquillaje, al contrario, quien quiera hacerlo debería sentirse libre de ir a comprar y experimentar.

Sé que hay personas que creen que el maquillaje es algo tan superficial y que solo es una herramienta para ocultar las inseguridades de quienes lo usan. Yo creo que ayuda a encontrar el camino para estar bien con uno mismo, a sentirse cómodo en la propia piel y obtener una forma de resaltar lo que más gusta de uno y disimular lo que no.

Mi vanidad a veces me hace decir “no puedo ver a mis amigas con esta cara cansada”, pero ahora que cuido más mi piel y acepto cómo soy, puedo tener un día sin maquillaje y el mundo no se acaba.

Una no debe buscar en una base, un labial o un rubor la solución a sus problemas; son herramientas que encaminan a sentirnos atractivas, a vernos al espejo y gustarnos. Eso es un paso para quererse a sí misma y alcanzar la plenitud y la felicidad. No es la respuesta definitiva, pero es un paso más que sí ayuda.


¡Bonito domingo y bella semana! Disfruta el puente.

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